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miércoles, junio 27, 2007

Democracia participativa

Democracia participativa
Vidal-Beneyto, con el título "Democracia participativa" nos intro­duce en esa bella figura que ensoñamos tantos,  pero que nunca tomará carta de naturaleza.
Jaime Richart (Para Kaos en la Red) [16.06.2007 13:35] - 243 lecturas - 7 comentarios

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  Haciendo hincapié en la corrupción política como principal desafío de la democracia española, propone la "definitiva exclusión política de quienes hayan sido condenados y la suspensión temporal hasta que recaiga sen­tencia (...) para el ejercicio de cualquier cargo público y para la mili­tancia en un partido democrático"...

  Que la democracia participativa es la democracia por definición pues es casi un pleonasmo, lo sabemos y venimos propugnando hace mu­cho tiempo los que estamos al tanto de la republica. Lo que sucede es que desde que ahondamos en la cuestión descubrimos que propia­mente no existe democracia de ninguna clase, porque las que existen lo son muy incompletas o, como la española, una paté­tica imitación. Ni la española ni ninguna occidental representan el gobierno del pue­blo, ni a su vez la representan ni representan a éste  los políti­cos. 

  Y luego, por si fuera poco esas carencias o cuestiones pendientes de las que no habla Vidal-Beneyto, todo, absolutamente todo, salvo lo que casi podríamos considerar anecdótico al lado de los grandes problemas que tiene planteada la sociedad mundial, depende de la economía. Marx sigue vigente, y cada vez son más reales sus ci­mientos: "La política es una mera superestructura cambiante de lo económico". Entonces, si la economía prima sobre la política, y así es, lo dijera Marx o lo constatemos ahora nosotros sin esfuerzo, lo primero que habría que hacer es someter a la economía al imperio de la Politica. Y esto, mi querido Vidal-Beneyto me temo que va a ser que no... No hay quien someta a los ciclópeos y planetarios in­tereses. Podremos aminorar en España, por ejemplo, a través de la democracia participativa los abusos urbanísticos y los abusos so­ciales en todas partes, pero poco más y además en muy pequeña medida. En primer lugar porque un talante o  una idio­sincrasia la picaresca, la trapisonda, la prepotencia,etc que van en la piel hispana de los que ordenan y mandan habitualmente de derecho o de hecho, no se arregla sino con una severa educación de varias generaciones. Y en segundo lugar, porque teniendo el mundo el desafío medioambiental como la principal preocupación del ser humano en tanto que especie viviente rectora de sí misma y de cuanto se aloja en el planeta, ya vemos qué caso se hace de las medidas que el sentido común, la contención y la restricción natural demandan a gritos para tratar tan delicado tema como se debe.

  Otro signo de la inoperante democracia participativa a la que no se la permitirá jamás desarrolllar por la misma razón de que es la eco­nomía la que verdaderamente rige, es la respuesta ciudadana en los países que van en vanguardia de la democracia sin adjetivos: Esta­dos Unidos y Francia. Cuando unos electores reeligen a sabiendas a un criminal de guerra en aquel país, y en éste eligen a quien se pro­pone cerrar filas de clase para ir dejando aislados a los débiles ¿qué sentido tiene la democracia participativa si no es para eso, para agruparse los que más tienen, apartando cada vez más a los menos afortunados del reparto de la riqueza, agrandando cada vez más el abismo entre pobres y ricos, entre propietarios y precaristas viviendo pendientes de un hilo o de una hipoteca? 

  No, la democracia, y en su caso la participativa, sólo existirá cuando de manera que se antoja hoy por hoy imposible, se imponga la Política a la Economía, y cuando los políticos honestos domeñen a los intereses econó­micos, industriales, mediáticos y financieros no sólo domésticos sino mundiales. Y esto, me temo que es un propósito tan descabellado, que ya podemos ir dándonos por jodidos hasta que el mundo ex­plote por los aires por un efecto dominó o en cascada cuyo deto­nante se encuentra precisamente entre las cuatro paredes del imperio.


  Por otra parte, dice Vidal-Beneyto. que "en la España telecrática la función de pensar se ha confiado en la esfera pública a los literatos, algunos extraordinarios creadores, la mayoría valiosos, pero que no disponen obviamente de los conocimientos específicos propios de las ciencias sociales que ayudan a ir más allá de las formulaciones bellas e irrelevantes del saber común".


  Pues aquí estriba a mi juicio otro de los errores de partida: creer que la solución de los problemas políticos y sociales está en tau­maturgos, en expertísimos de las ciencias sociales, en psicólogos, sociólogos, politólogos... La gobernación de la sociedad no está en la superespecialización. Ni siquiera en inteligencias extraordinarias. Está en el tacto, en la bondad y en la valentía. No en balde dice Hegel que "ser bueno es ser valiente". A un país lo conduce, con to­dos los requerimientos apuntados de la actualidad, cualquiera que reúna los dos ingredientes que el maltratado Maquiavelo asigna al buen príncipe: mucho sentido común, una extraordinaria honestidad y saberse rodear de gentes con ambas cualidades. Yo añadiría esa otra de la bondad y la valentía, para que la justicia social consista no en retoques de los sistemas e irrelevantes logaritmos en el sistema fiscal sino en una sinergia de los poderes políticos para atajar a los defraudadores, y sobre todo en una voluntad igualitarista para impo­nerse sin concesiones a los poderes económicos. Sólo así y nada menos que así, se conseguirían las bases para levantar sobre ellas una verdadera democracia participativa.

  Lo demás cae dentro de las "formulaciones bellas" que señala Vidal-Beneyto que no van a nin­guna parte. Lo siento por Vidal-Beneyto a quien tengo en alta estima intelectual. Pero creo que es una mera formulación bella también  su propuesta, como ésas que atribuye a "pensadores y extraordinarios creadores" que,  por cierto,  no sé quiénes son ni a quiénes se refiere en un país tan ayuno de ambos especímenes. Entre otras cosas porque no propone suprimir en España la Ley D'Hont electoral, ni transformaciones hondas como un referéndum sobre monarquía-república, ni siquiera una revisión de la constitu­ción que fue metida de matute de prisa y corriendo ante el temor de la involución, y cuyos padres habían sido figuras franquistas. Y en estas condiciones ¿a quién se le ocurre sin ser una "bella formula­ción", hablarnos de democracias participativas? Por todo lo expuesto aquí, a mí se me antoja la clásica construcción absurda o utópica de una casa por el tejado.



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Saludos
Rodrigo González Fernández
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